El marxismo marcusiano.

Entre los intelectuales alemanes que emigraron a EEUU en la época de Hitler y exportaron el marxismo, uno de ellos tuvo una enorme influencia: Herbert Marcuse (1898-1979). Judío ateo nacido en Berlín se doctoró en literatura en 1922, estudió filosofía con Martin Heidegger sintetizando el marxismo con la fenomenología y el existencialismo. 

Para la revolución marxista en Occidente Marcuse utiliza varios conceptos: El concepto de eros y el nuevo proletariado. Uno de los elementos más sutiles de la vida humana es el ámbito de la sexualidad; los jóvenes son muy sensibles a ello, y también muy fáciles de ser manipulados. Lo que hizo Marcuse era una síntesis del marxismo y freudismo: Haz el amor y no la guerra, fue su lema. El viejo tabú occidental tenía que ser eliminado. Y funcionó. En los 60, la juventud de los Estados Unidos rechazó la prohibición basada en el sexto mandamiento de la ley de Dios. Como consecuencia, la estructura social (monogamia y familia) basada en los diez mandamientos se desmoronó: Los jóvenes eran el nuevo proletariado que tenía que destruir a la sociedad para abrir el camino a una sociedad nueva, sin familia y sin religión.

La expropiación del lenguaje y la devastación de la cultura: El lenguaje en el ámbito de la cultura es tan neurálgico como la propiedad en el ámbito de la economía. Mientras que la nacionalización de la propiedad privada conduce a la devastación económica del marxismo estalinista, el marxismo marcusiano ha expropiado al lenguaje, devastando la cultura, ya que la cultura europea y cristiana es sensible sobre todo a la moralidad y a la religión; se pierden sus principios, especialmente la diferencia objetiva entre el bien y el mal, entre la verdad y la falsedad. El patriotismo se ha reducido al nacionalismo; el matrimonio a una vida arrejuntada; la religión al fundamentalismo, la moralidad a la tolerancia.

 


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